Opiniones biodegradables, comentarios con gluten y reflexiones sin valor añadido
domingo, septiembre 12, 2021
Panorama: Así está el mundo 20 años después del atentado del 11 de septiembre (El Espectador, 12 de septiembre de 2021)
lunes, agosto 30, 2021
Monsergas recomendadas: Kabul edition (30 de agosto de 2021)
Muchas palabras sobre Afganistán. Aquí apenas unas pocas de cosas que leer de los cientos de textos de estos días.
- Una breve nota sobre los talibán en Kabul... en 1996: Cuando los talibanes tomaron Kabul (en Expansión)
- La entrada Afghanistan War (2001-2014) de la Enciclopedia Britannica
- Talibán, el grupo islamista que regresa al poder en Afganistán veinte años después en France 24
- America’s Dismal Foreign Policy — and What to Do About It, reseña de Geoffrey Wheatcroft para The New York Times del libro After the Apocalypse. America’s Role in a World Transformed (Andrew Bacevich, Metropolitan Books, ISBN: 9781250795991, 224 páginas) (7 de agosto)
- Mike Jason escribe What We Got Wrong in Afghanistan en The Atlantic (12 de agosto)
- José Luis Calvo Albero Afganistán. Reflexiones sobre el desastre en Global Strategy (15 de agosto)
- President Biden Delivers Remarks on Afghanistan en el canal de youtube de la casa Blanca (16 de agosto)
- Statement by President and Mrs. Bush on Afghanistan (16 de agosto)
- Kabul Has Fallen. Now What? de Rajan Menon en The Nation (16 de agosto)
- Will Afghanistan Become a Terrorist Safe Haven Again? de Andrew Byman en Foreign Affairs (para suscriptores)
- Vikas Pandey firma Afghanistan: The Taliban's victory will test India, and peace in South Asia en BBC.com (18 de agosto)
- Two Men Falling desde The Weekly Dish de Andrew Sullivan (20 de agosto)
- Nota de la Casa Blanca de 21 de agosto sobre la conversación mantenida entre los presidentes Biden y Sánchez.
- De la corresponsal para África de BBC.com, Catherine Byaruhanga: Africa's jihadists: What Taliban takeover of Afghanistan means (21 de agosto)
- Greece erects fence at Turkey border amid warnings of Afghan migrant surge, nota sin firma en BBC.com (21 de agosto).
- Giulio Meotti: Western Diplomacy: Imploring the Terrorists en la web del Gatestone Institute (22 de agosto)
- Veinte años de sombras: del 11 de septiembre a la guerra en Afganistán escribe Carlos Alberto Patiño en Razón Pública (22 de agosto)
- Augusto Conte de los Ríos escribe Afganistán: lecciones aprendidas en Global Strategy (23 de agosto)
- Réquiem para Afganistán de George Chaya en El Diario Exterior (24 de agosto)
- Declaración y rueda de prensa del presidente Biden tras los atentados en el aeropuerto de Kabul (26 de agosto de 2021)
- Robert Kagan: It wasn’t hubris that drove America into Afghanistan. It was fear en The Washington Post (26 de agosto).
- Ezequiel Kopel escribe en Nueva Sociedad: En Afganistán, el futuro ya estaba escrito (fechado en agosto, sin precisar el día)
- Y, por último, lo mío en El Espectador, "Estados Unidos en Afganistán, un final inevitable" (22 de agosto)
Como escribía un poco más arriba, estas lecturas (y otras muchas que no he tenido tiempo de ver, porque fluyen de manera incesante en estos días, mientras Afganistán sea el centro de las noticias) dan contexto y explican la situación actual, pero para integrarlo en un marco explicativo más sólido, los libros y ensayos concretos siguen siendo fundamentales. Aquí dejo una miscelánea (traída a vuela pluma de cosas que actualmente están cerca de mi mesa de trabajo), muy diversa, que puede servir para complementar y ampliar las reflexiones coyunturales:
- Stephen Tanner (2002), Afghanistan. A military history From Alexander The Great To The Fall Of The Taliban, Cambridge: Da Capo Press, 351 páginas (ISBN 0-306-81233-9)
- Bruce Hoffman (2009), A Counterterrorism Strategy for the Obama Administration, Terrorism and Political Violence, 21:3, 357-377
- Pilar Pozo Serrano (2013), La guerra Af-Pakistán y el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, Pamplona: EUNSA, 315 páginas
- Eduardo González Calleja (2013), Las guerras civiles. Perspectiva de análisis desde las ciencias sociales, Madrid: Libros de la Catarata, 207 páginas
- Ahmed Rashid (2014), Los talibán. Islam, petróleo y fundamentalismo en el Asia Central, Barcelona: Península, 384 páginas. (ISBN: 9788499423050)
- Craig Whiteside (2016), The Islamic State and the Return of Revolutionary Warfare, Small Wars & Insurgencies, 27:5, 743-776.
- Jacqueline L. Hazelton, The "hearts and minds" falacy. Violence. coercion, and success in counterinsurgency warfare, International Security, vol. 42, no. 1, páginas 80-113.
- John Dower (2018), El violento siglo americano. Guerras e intervenciones desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona: Crítica, 193 págs.
- José Luis Pontijas Claderón (2019), ¿Está Estados Unidos abandonando Europa?, Documento de Análisis, Instituto Español de Estudios Estratégicos (ieee.es), 13 páginas.
- José Luis Pontijas Calderón (2020), Nueva administración ¿Nueva política exterior para EE.UU.?, Documento de Análisis, Instituto Español De Estudios Estratégicos (ieee.es), 11 páginas.
- Francisco Javier Quiñones de la Iglesia (2020), Targeted Killing (TK): casos Yamamoto y Soleimani, un estudio comparativo, Documento de Opinión, Instituto Español de Estudios Estratégicos (ieee.es), 14 páginas.
viernes, agosto 27, 2021
Entrevista en La Hora de la Verdad (Colombia) sobre la retirada de Estados Unidos de Afganistán (27 de agosto de 2021)
domingo, agosto 22, 2021
Estados Unidos en Afganistán, un final inevitable (El Espectador, 22 de agosto de 2021)
Los talibán han tomado el control de Kabul. Esta frase valía en 1996 y vuelve a valer ahora. Han pasado veinticinco años y muchas cosas. Escribo delante de varias pantallas, que me lanzan imágenes de Afganistán. De hace más de treinta años. De hace más de una década. De ahora mismo. Las imágenes se mezclan entre ellas y con algunos recuerdos.
Recuerdos de hace un cuarto de siglo
Hacia el final de la década de los noventa, los pocos que hablaban de estas cosas, que aún eran pocos, se preguntaban quiénes eran los talibán. Aún no se había publicado el libro de Ahmed Rashid, que ha sido una referencia inevitable desde el 2001, y, en ausencia de un mejor conocimiento, se decía que eran extremistas, islamistas radicales y gentes que lucharon contra los soviéticos poco tiempo antes. La palabra yihadismo empezó a hacerse importante.
Algunos se preguntaban qué debía hacer la comunidad internacional con un régimen que no trataba a las mujeres como seres humanos plenos. Las respuestas eran condescendientes. No había que preocuparse por ese vestigio arcaico en el tiempo de la extrema modernidad. Los afganos verían en sus televisores las imágenes de la prosperidad universal del nuevo mundo y, sin más, se sumarían a la Globalización. Era inevitable. Los años noventa del siglo XX se enjaularon en La trampa del optimismo de la que habla Ramón González Ferriz en un reciente libro. Los optimistas creyeron que la comunidad internacional era y podía. Y su trampa fue pensar en la inevitabilidad; si algo iba a pasar ¿por qué preocuparse en hacerlo pasar?
Pero el colapso talibán, aunque en teoría inevitable, no llegó. Y la comunidad internacional observó con consternación la destrucción de los Budas gigantes de Bamiyán, casi causando más protestas que las violaciones diarias de los derechos humanos, especialmente crueles con las afganas. El feminismo no era entonces lo que es hoy, aunque resulta paradójico encontrar entre algunos de actuales adalides, casi promotores de una suerte de “intervencionismo feminista” contra el regreso de los talibán, a gentes que hace años pensaban Afganistán como la molesta piedra en el zapato del capitalismo y de la homogeneización cultural globalizadora. Una anécdota. Salvo si eras afgano, claro. ¿O no?
Recuerdos del 11/S y de una guerra justa contra el yihadismo
Pues no. Los recuerdos se hacen más claros al llegar a 2001, porque muchos tenemos en la cabeza esta pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando las Torres Gemelas se desplomaron?
El Consejo de Seguridad de la ONU autorizó la intervención militar. Estados Unidos contaba con una coalición inacabable de aliados. El mundo entero contra los talibán y Al Qaeda. La victoria era inevitable. Aunque a algunos les vinieron a la cabeza las historias de las catástrofes imperiales británicas y de la derrota soviética en la llamada tumba de los imperios; otros soñaron que la invasión encendería una yihad global contra occidente.
No hubo yihad global. Ni hubo un gran fiasco militar de la OTAN y Estados Unidos. Los talibán y sus aliados de Al Qaeda quedaron arrinconados en los confines del país. Pero el presidente Bush olvidó el 11/S. De nuevo, por la ilusión de lo inevitable. Era cuestión de tiempo que los talibán y Al Qaeda desapareciesen y que Bin Laden fuera capturado o abatido. Era el momento americano. Era el momento de rehacer Oriente Medio. Los recursos militares y económicos fluyeron desde Afganistán hacia Irak. La unanimidad en apoyo de Estados Unidos se evaporó. Aquel nuevo frente en la guerra contra el terrorismo empezó con la derrota en la ONU. Afganistán desapareció de nuestra mirada. Y volvió a ser ese oscuro rincón donde lo que se ha creído inevitable nunca pasa.
Recuerdos de guerras en Washington, D.C. y una foto
Recuerdo de carteles electorales. Barack Obama era el hombre del momento. Candidato que hablaba de dos guerras: una buena, la que se libraba Afganistán y que no iba bien, y otra, mala, la de Irak que, tras el envío de más tropas, parecía estabilizarse.
Obama dejó de ser candidato y fue presidente y Joe Biden, su vicepresidente. Y en la Casa Blanca empezó a parecerles que la de Afganistán, tal vez fuese la guerra buena, pero era tan costosa e impopular como la mala. Solicitaron planes de reducción gradual de la presencia militar estadounidense y de retirada. Abandonar la contrainsurgencia y centrarse en el contraterrorismo.
Obama quería una guerra distinta, pero se encontró con la resistencia en casa. Para hacer la guerra que Obama quería, primero debía ganar la batalla de Washington, D.C., y doblegar al Pentágono, cuyos máximos responsables creían que la estabilización de Afganistán pasaba por enviar más soldados y más dinero durante más tiempo. Las guerras de Obama, como el título del libro de Bob Woodward, eran las que tenía que librar ante un grupo de veteranos en política exterior que desconfiaba de la determinación del nuevo e inexperto presidente. Obama acabó ganando la pelea en Washington, D.C. con un arma inesperada: la revista Rolling Stone, en la que se publicó un reportaje, General a la fuga; instrumento muy útil para ir prescindiendo de todos aquellos que le hicieron parecer ante la prensa como un líder débil. Victoria a base de destituciones y renuncias.
Y Obama pudo rehacer la política afgana y obtener lo que buscaba: una fecha de retirada. Antes, habría que enviar más tropas, que bajo mando de David Petraeus tendrían un par de años para mejorar las condiciones de seguridad del país. Al mismo tiempo que se aumentaban las operaciones con drones y con grupos de operaciones especiales. Una de esas operaciones dio muerte a Bin Laden en Pakistán. Y pareció que la política afgana de la Casa Blanca podía funcionar. A pesar del presidente Karzai y aceptando cierto equilibrio inestable con los talibán. En los meses siguientes a la muerte de Bin Laden, Robert Gates reconoció que se habían establecido conversaciones con los talibán para diseñar un proceso de reconciliación afgana. La salida estadounidense de Afganistán pasaba de ser un deseo a un proyecto, que requería a los talibán como interlocutor.
El mundo giró. Y Obama nunca pudo concluir la retirada, aunque si pudo declarar el fin de la guerra en 2014. Trump heredó de Obama algo que no era una guerra y un proceso negociador con los talibán. Y, por extraño que parezca, siguió con el plan. De nuevo, como Obama, el establishment militar discrepaba con el Despacho Oval y planteaba que una nueva revisión de la estrategia para Afganistán. Pero Trump quería dejar Medio Oriente, así que, de nuevo, como Obama, procedió a despedir a un Consejero de Seguridad Nacional tras otro, y encargó al Secretario de Estado, Mike Pompeo, que avanzase la negociación con los talibán. No escarmentado con el fiasco de la cumbre de 2018 con Kim Jong-Un, el gran aporte de Trump fue una foto; la de Mike Pompeo en Doha iniciando conversaciones de paz con los talibán en 2020. La administración Trump había sido diligente en la ejecución del plan heredado, aunque abandonando el proceso de reconciliación nacional para convertirlo en una entrega del poder a los talibán. ¿A estas alturas le quedaba alguna la autoridad del gobierno afgano?
Recuerdos de hoy
Y el presidente Biden ha concluido con la presencia estadounidense en Afganistán. En el fondo, ejecuta el plan por el que abogó cuando fue vicepresidente ¿A qué se fue a Afganistán? Ya no importa. Desde hace tiempo para Washington, D. C. lo importante retirarse, no lograr algo. El proyecto de Estado afgano ha desaparecido. Sus instituciones, incluidas las fuerzas armadas, se han venido abajo. Los talibán se encuentran de vuelta en Kabul antes de lo previsto. De paso reciben el equipamiento que los Estados Unidos entregó al nuevo ejército afgano. No ha habido grandes derrotas, pero la aventura afgana es una gran derrota. Por cierto, Al Qaeda sigue existiendo.
En una de las pantallas que hay frente a mi una periodista pregunta a un grupo de talibán si su próximo gobierno garantizará los derechos democráticos de todos los afganos y un trato igualitario para las mujeres. Empiezan a reírse. Tengo la sensación de que el futuro se parece mucho al pasado. Me parece inevitable. Y lo siento.
Miguel M. Benito Lázaro
Historiador – Internacionalista
@mbenlaz
Este texto fue publicado el 22 de agosto de 2021 en el diario El Espectador: https://www.elespectador.com/mundo/mas-paises/estados-unidos-en-afganistan-un-final-inevitable/
martes, agosto 17, 2021
La actualidad manda #1: Películas sobre la presencia de Estados Unidos en Afganistán y sobre los talibán
La actualidad manda y en agosto de 2021 las noticias se llenan de imágenes de Kabul y del caos ante el avance de los talibán y las retiradas estadounidense y de la OTAN de territorio afgano.
@Gentleman_Yo recomienda una serie de películas sobre la presencia estadounidense en Afganistán y sobre los talibán. No se trata de volverse expertos en geopolítica y analizar el colapso de Kabul, sino de aprovechar algunos films, de diversos estilos y géneros, para fomentar la curiosidad sobre estos acontecimientos por medio de miradas diferentes.
En este episodio suenan los temas Murderer In the Rain de Christoph Burghardt, Metal del álbum Singularity de Adrián Berenguer y, de este mismo compositor, una selección de temas de su álbum The Journey.
domingo, agosto 15, 2021
INICIATIVA BOND #10: La Espía Que Me Amó (1977)
Antes del estreno de No Time To Die, la Iniciativa Bond #IniciativaBond repasa las 26 películas de James Bond a lo largo de 26 programas diferentes y vuelve Pinkerton Podcast (@PinkertonPod) con la décima película de James Bond, La Espía Que Me Amó (Lewis Gilbert, 1977, 125 min.), pero no estamos solos, porque nos acompaña Manu de El Triskelion (@el_triskelion), compañero y buen aficionado a la mitología Bond.
Sean Connery ya no es James Bond y es el tiempo de Roger Moore. Más parodia, tramas más comiqueras, algún toque camp y, quizá, incluso kistch definen su etapa con el personaje.
En La Espía Que Me Amó 007 está obligado a colaborar con la agente soviética Triple XXX, Anya Amasova (Barbara Bach) contra el villano Stromberg (Curd Jürgens).
viernes, agosto 06, 2021
Telegrama Urgente: Tiempo (Sin destripes) ⭐⭐⭐⭐
@Gentleman_Yo se va de vacaciones con Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell y sus familias y es el único que vuelve rejuvenecido. Algo raro pasa en este paradisíaco lugar al que nos conduce M. Night Shyamalan (2021, 108 min.).
Puedes seguir a Pinkerton Podcast en twitter y también en letterboxd, donde puedes ver las notas que les ponemos a las películas y series de las que vamos hablando en el podcast.
Letterboxd: https://letterboxd.com/PinkertonPod/films/
Twitter: @PinkertonPod
Old: ⭐⭐⭐⭐
Agradecimientos especiales al Sr. Voz (@Angelus_Oriol)
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lunes, agosto 02, 2021
El caso de los policías en los límites de la ciudad: Antidisturbios y Los Miserables
De Madrid a París @Gentleman_Yo se empotra en dos unidades policiales: los Antidisturbios de Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen (serie de 6 episodios de Movistar + de 2020) y los agentes de la B.A.C. que patrullan Montfermeil en Les Misérables (Ladj Ly, 2019, 102 min.).
Reseña breve -sin spoilers- sobre estos dos thrillers protagonizados por policías en las fronteras de las grandes urbes.
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Agradecimientos especiales a @Angelus_Oriol, la voz que se escucha en la promoción de la #IniciativaBond.
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jueves, julio 22, 2021
A destiempo #1: Sean Connery
Sean Connery falleció el 31 de octubre de 2020.
Constancia de nuestro agradecimiento por muchas horas de entretenimiento y emoción, este audio @Gentleman_Yo recomienda sus nueve películas favoritas del gran actor escocés (no escribo lo de Inmortal actor, porque la película con Russell Mulcahy no está en estas sugerencias personales y totalmente subjetivas).
Un agradecimiento especial a @Angelus_Oriol, el Señor Voz, por la promo de la #IniciativaBond.
Al comienzo de este episodio suena el tema musical Murderer in the rain (Christoph Burghardt) y al final True Detective (The Jacob Project), ambos disponibles en Jamendo Music.
También se escuchan temas de los scores originales de varias de las películas de Sean Connery mencionadas en este programa:
- Tema de The Longest Day
- The Name's Bond... James Bond de la BSO de Casino Royale (David Arnold)
- Main Title de Marnie (Bernard Herrmann)
- The Raisuli / Mr. President de The wind and the Lion (Jerry Goldsmith)
- Dravot's Farewell de The Man who would be king (Maurice Jarre)
- John bursts In / The End de Robin and Marian (John Barry)
- End credits de Outland (Jerry Goldsmith)
- Main Tittle de The Name of The Rose (James Horner)
- The Strenght of the Righteous de The Untouchables (Ennio Morricone)
- Scherzo for Motorcycle and Orchestra de Indiana Jones and The Last Crusade (John Williams)
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viernes, julio 16, 2021
INICIATIVA BOND #2: Desde Rusia Con Amor (1963)
Tras las Iniciativas Vengadores y Skywalker, los únicos podcasters con licencia para matar regresan para cumplir una de sus misiones más peligrosas: reseñar TODAS las películas del Agente 007.
Antes del estreno de No Time To Die, la Iniciativa Bond repasa las 26 películas de James Bond a lo largo de 26 programas diferentes.
Es el turno de la segunda película de la saga, Desde Rusia con Amor (From Russia With Love, Terence Young, 1963, 115 min.), revisada por @Gentleman_Yo de Pinkerton Podcast.
Acompañan a Pinkerton El Podcast que Faltaba, Café con Podcast, Futurosofía, Estamos al Mando, El Último Refugio, La Hora Cinéfaga, Chiflados por el Cine, Bibliocracia, La Camarilla, USS Podcast, Espartanos del Cine, FilosofiPods, Osera Podcast, Cinéfagos, ¡A la Velocidad Absurda!, Familia Asimétrica, LMTPodcast y La Tardis sobre Metrópolis en esta increíble aventura.
Sigue la lista de reproducción de iVoox para no perderte ningún programa de la Iniciativa.
Agradecimientos especiales para @PikeWaltz por las miniaturas de la Iniciativa Bond y @Angelus_Oriol, el Señor Voz, por su colaboración con promos y audios específicos para este proyecto.
A lo largo del podcast suena el tema clásico de James Bond, compuesto para James Bond contra el Dr. No (Monty Norman y John Barry), la canción de Matt Monro "From Russia with Love" y varias covers de ambas (todos los covers están disponibles en youtube)
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sábado, julio 10, 2021
Telegrama Urgente: Viuda Negra (Sin destripes) ⭐⭐⭐
Pinkerton Podcast @pinkertonpod vuelve con los telegramas, porque se inicia la fase 4 de Marvel. @Gentleman_Yo se asoma a andanzas de Black Widow (Viuda Negra, Cate Shortland, 2021, 133 min.).
Este telegrama, sin spoilers, Scarlett Johansson nos presenta a su extraña familia que forma con Florence Pugh, Rachel Weisz y David Harbour.
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Black Widow: ⭐⭐⭐
Agradecimientos especiales al Sr. Voz (@Angelus_Oriol)
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martes, marzo 30, 2021
Tarantino, la nostalgia y el revisionismo justiciero de Once Upon A Time In... Hollywood
Quentin Tarantino acaba de cumplir años. Cincuenta y ocho. El que fuese enfant terrible se ha hecho mayor y, aunque sigue siendo un tipo travieso, ha madurado, al menos como cineasta. Porque gamberra y desenfadada Érase una vez en... Hollywood (Once Upon A Time in… Hollywood, 2019, 161 minutos) es una película de madurez y, casi, de despedida. La novena película del director nacido en Knoxville el veintisiete de marzo de 1963 es una película tan representativa de su cine como renovadora.
Lo viejo y lo nuevo en Érase…
Érase una vez en… Hollywood (en lo sucesivo Érase...), con ese título tan de Sergio Leone y tan de cuento, es una película totalmente made in Tarantino. Comparte con Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009, 153 min.), Django desencadenado (Django unchained, 2012, 165 min.) y Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015, 168 min.) un cierto revisionismo justiciero del pasado, cierta apariencia posmoderna (vinculada a la cuestión del punto de vista, el relato fragmentado y el tiempo no lineal), las características canciones y la música diegética, la duración, el recurso a la voz en off, el pastiche de géneros y referencias a todo artefacto de cultura popular que haya pasado en algún momento ante el director, incluidas sus propias películas, la presencia recurrente de actores y actrices del clan de Tarantino y, sobre todo, la estructura, con dos bloques de duración desigual y la violenta catarsis final con la que el cineasta ajusta cuentas con sus villanos y con la realidad.
Como la escasez de diálogos de Margot Robbie dio lugar a una absurda polémica, qué mejor que dedicarle unas palabras. La Sharon Tate de Érase... aparece siempre haciendo algo en pantalla y eso es lo que la define. Baila, ríe, siempre es simpática y bella. No necesita explicarse. Sharon Tate en esta película representa la bondad, la diversión y la felicidad. No requiere de muchas líneas de diálogo, desborda alegría, siempre trae luz y música a la pantalla.
Decir a estas alturas que Tarantino en cada película hace un pastiche de géneros y referencias no descubre nada, pero si merece la pena destacar que a los códigos y las formas de spaghetti westerns, thrillers setenteros de serie B, el wuxia chino y todas las variantes posibles de cine de artes marciales, etcétera, ahora incorpora abiertamente algo que en Los Odiosos Ocho había apuntado, las maneras del cine de terror.
Cada una de las apariciones iniciales de la “familia Manson” merodeando por ese Hollywood del año 1969 debe mucho a Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock,1963, 119 min.), ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976, 112 min.) o La matanza de Texas (The Texas Chainshaw Massacre, Tobe Hooper, 1974, 83 min.). Eso sí, esa inquietante sensación que produce el grupo de Charles Manson es demolida a golpes por Cliff Booth (Brad Pitt) en el final de la escena del rancho. En adelante los miembros de esa secta serán constantemente ridiculizados en la pantalla.
Villanos y héroes en Érase…
Cuando la cinta fue estrenada en el aparentemente lejano verano de 2019, se hizo común decir que la película era una carta de amor al cine. Lo suscribiría sino creyese que, lo que encierra el noveno filme de Tarantino, es más bien una muestra de admiración y un homenaje a los que hacen las películas y las series.
Porque para Tarantino la ficción es el artefacto definitivo, el arma más poderosa, el juguete más divertido, la ilusión más misteriosa y lo que tiene un impacto más profundo, significativo y duradero sobre el espectador. Y Tarantino, como creador profesional de ficciones, sabe lo difícil que es ese trabajo, así que dedica las cerca de tres horas de metraje a agradecer su trabajo a todos los que participan en la elaboración de esos artefactos mágicos. Hay en Érase... una ternura desconocida hasta ahora en Quentin Tarantino, que abandona cualquier ironía para mostrar su amor verdadero. En sus tres anteriores películas Tarantino nos hablaba de lo que odia, pero no mostraba lo que ama. Eso lo había reservado hasta Érase…
La admiración por los héroes, los que hacen ficción en cine y televisión, es proporcional al desprecio por los villanos. La “familia Manson” mató el Hollywood alegre, siempre festivo y despreocupado, que deslumbró al Tarantino niño. Tarantino parece decir: "Esta vez es personal". Y se percibe una concienzuda intensidad en la demolición de cualquier asomo de fascinación por el mal o de prestigio contracultural hacia los acólitos de Manson. La película se ceba con ellos y nos dice que no merecen ser recordados sino como una broma ridícula y absurda. Tan pronto dejan de inspirar terror, estos sectarios se convierten en el objeto de todas las burlas. Tarantino usa sus ficciones como actos justicieros para poner a los villanos (nazis, esclavistas, racistas y a los miembros de la secta de Manson) en su justo lugar.
De qué trata Érase...
A pesar de las apariencias, la “familia Manson” no es el centro de Érase..., es apenas una presencia sin nombre en la periferia la historia, que, en realidad, es la del proceso de hacer una película -o una serie de televisión-. Érase… acompaña a tres profesionales del cine, en distintos momentos de sus respectivas carreras y con distintas aspiraciones. A través de esos tres personajes Tarantino cuenta cómo se hacen las películas. Lo que tienen de glamouroso y de sudoroso; lo que pasa delante y detrás de las cámaras; el rodar y el esperar; el fracaso y el éxito.
Por eso el personaje central es aquel que menos se relaciona con los villanos de la función: Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), ese actor de cierto éxito ya pasado, en horas bajas que se plantea si debe continuar con su carrera en Italia.
Todas las interacciones de Dalton tienen que ver con las películas y series. Con él vivimos las entrevistas de promoción, la comida con el productor (Al Pacino) que debe poner en marcha nuevos proyectos, la memorización del guion, la sesión de maquillaje y la charla con el extravagante director, las charlas entre los actores mientras esperan que les llamen para rodar sus escenas (destacando la maravillosa secuencia entre DiCaprio y la actriz infantil Julia Butters), la publicidad, y, luego, claro, el rodaje, entre lo mágico y lo ridículo. Las inseguridades de Dalton permiten desarrollar escenas cómicas, porque más que ninguna de sus películas anteriores, Érase... es una comedia. DiCaprio está deslumbrante durante todo el metraje y especialmente con todas las escenas en las que está en el estudio para rodar su participación en la serie Lancer.
El personaje de Brad Pitt emana carisma y convicción en cada momento. Nunca se queja de su situación, muestra una seguridad infinita en salir bien librado de cualquier situación, hasta de una pelea con Bruce Lee. Si el personaje de Dalton está construido desde el hablar, por eso sus atisbos de tartamudez son tan reveladores del personaje, y el de Robbie desde el hacer, como ya se mencionó, el Booth crece desde el estar. Su presencia dice quién es él.
Y todo lo que hace Pitt, puede parecer fácil, que le basta con ser más guapo y más chulo que nadie, pero merece cada uno de los premios que recibió por este papel.
La historia de declive de Cliff se contrapone al ascenso de Sharon Tate (Margot Robbie). Con ella, vemos, uno de los momentos más felices que ha ofrecido nunca el cine de Tarantino, la ya mencionada escena en la que asistimos a la magia que se produce cuando una película llega a su medio natural: una sala con público. Como todo gira alrededor de Dalton, Tate es su vecina, la joven actriz a las puertas del estrellato. Sobre esta interpretación ya hemos dado antes algunas claves, así que no insistiré más.
Ver el talento, reconocer el esfuerzo
Una última nota. A lo largo de todo lo que ha rodado Tarantino, sea para el cine o la televisión, hay una declaración de intenciones y afectos: no se debe discriminar entre géneros y medios; en todas las películas y series, sean de las más elevadas piezas cinematográficas de vanguardia u oscuras producciones de serie B o Z de algún lejano rincón del mundo, puede aparecer el talento.
Esto no quiere decir que todas las producciones sean buenas, sino que hay que respetar el esfuerzo y talento que hay puestos en ellas. Esa forma de mirar ha permitido a Tarantino recuperar a actores -casi- retirados u olvidados, como John Travolta o Luke Perry, y dar oportunidades de lucimiento a los especialistas de sus cintas, como es el caso de Zoë Bell.
Ahora sólo queda esperar al próximo proyecto de Tarantino. Mientras llega su décimo filme hay tiempo para volver a disfrutar de Érase una vez en… Hollywood, esa película tan representativa como innovadora en el universo cinematográfico de Tarantino.
Este texto fue publicado el 30 de marzo de 2021 en la web Cronocine.com: Tarantino, la nostalgia y el revisionismo justiciero de Once Upon A Time In... Hollywood
lunes, enero 11, 2021
Asalta el Capitolio, asalta la democracia
El año 2020 pasó y se abrió el retablo de las sorpresas de 2021. Pero las sorpresas no son siempre inesperadas. Y las sorpresas no son siempre agradables. Y, porque toda la presidencia de Donald Trump ha sido desagradable y ha alimentado todo tipo de peleas y reyertas no podía terminar bien. No podía terminar con una aburrida y rutinaria transmisión de poderes. No. Tenía que terminar con fuego, furia y miedo. Y de eso fue lo que vimos el 6 de enero.
El asalto el Capitolio como ataque a la democracia liberal
Explicar lo que ha venido haciendo Trump y lo que ha venido pasando a su alrededor desde que irrumpió en la política siempre ha sido un desafío, porque la tentación de la caricatura siempre ha estado ahí; es casi inevitable. Y es casi inevitable en lo que toca al asalto al Capitolio. Tantas veces se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras que cuesta decir lo contrario, pero las imágenes del asalto al Capitolio son tan poderosas y raras que nublan cualquier análisis.
La fotografía de Jake Angeli, ese individuo que, con lanza en ristre, bandera estadounidense, pecho descubierto y tocado de cuernos de bisonte, es imposible de analizar por si misma. Mirarla es no comprender. ¿Qué dirá de los videos y fotografías de Angeli una persona que las vea dentro de cincuenta años? ¿Entenderá lo que estaba pasando en esa escena? No lo creo. Dirá que eso tiene que ser de alguna película o serie, tal vez arrancada de la cabeza de David Lynch. Y eso tendría sentido, aunque sabemos que estaría equivocado.
Para saber de qué tratan las imágenes de esa jornada, cualquiera va a necesitar leer y escuchar las palabras que se están diciendo y que se van a decir en el futuro próximo. Y lo que hay que decir es que el asalto al Capitolio no fue tanto un golpe de Estado, sin posibilidad de éxito, como un asalto a la democracia liberal. Así de sencillo. Desaparecieron los velos y la realidad se hizo patente. Lo curioso es que muchos se hayan sorprendido por lo que han visto, porque los velos con los que el populismo de Trump ha funcionado en estos años no ocultaban nada.
Como curiosidad en este tiempo lleno de rarezas y de COVID-19, el 6 de enero asistimos a un asalto en el que los asaltantes iban sin máscaras y los defensores con ellas. El mundo al revés.
Algunas instituciones han resistido, aunque han recibido un golpe muy fuerte y deberán pasar por el taller de reparaciones, pero otras, como el partido republicano, amenazan con hundirse del todo.
Trump, antisistema sistémico
El problema es que lo ocurrido este 6 de enero se veía venir. Porque Trump desde su primer día en política planteó que él no sería derrotado, que sólo el fraude podría con él. En ninguna de las elecciones en las que ha participado ha dicho que concedería la derrota cuando se diese, que apelaría a los tribunales. El sistema sólo le ha parecido justo y legítimo en la victoria y fraudulento en todos los demás casos. Trump no vino a la política porque tuviese una idea o un proyecto, simplemente vino por el placer que proporciona ganar. Ganar ¿para qué? El poder ¿para qué? Da igual.
Y, todo, usando maneras que cualquiera encontraría despreciables en un vecino, pero que está dispuesto a tolerar en un líder político. Los espacios públicos requieren de modos de comportamiento dignos, sin ellos no hay política posible, hay enfrentamiento descarnado y cínico. El deporte sin la deportividad sólo es ejercicio físico. La política sin civilidad no es nada. O no debería serlo. La civilidad es el requisito sine qua non para la política profesional, si no es así, ésta se convierte en una picadora de carne que asusta al talento y rebaja el debate público a consignas primarias.
Siendo como es, Trump es un ariete contra la democracia liberal; su actitud parece diseñada para desmontarla, aprovechándose de sus límites, carencias y fracasos. Porque el mundo no fue como nos los prometieron, siempre habrá expectativas insatisfechas y, siempre que las convicciones ciudadanas flaqueen, existe la posibilidad de que muchos acudan al demagogo, al populista, a ese que promete que todo va a cambiar y que todo va a estar bien. Y esa es la mentira dulce que muchos están dispuestos a oír, porque siempre habrá problemas y siempre habrá expectativas insatisfechas. Pero la democracia liberal está siendo asaltada y no tenemos muy claro cómo enfrentar el ataque.
¿Estamos condenados a los populistas?
¿Merece la pena defender la democracia liberal? Hágase esa pregunta y respóndase sinceramente. Mi respuesta es sí. Claramente. Merece la pena. Las instituciones representativas dan mejores frutos que los líderes que vienen a redimirnos de nosotros mismos; las leyes, cuando son justas, nos guardan de lo arbitrario; la separación de poderes dan instrumentos contra el abuso de poder. Etcétera.
Hemos pasado los cuatro últimos años observando mucho a Trump y muy poco a su gobierno. Hemos reaccionado ante al twitter de Trump con gritos y ademanes de indignación. Y eso no funciona. Para evitar que una bomba explote no se hace explotar otra bomba, hay que desactivar el mecanismo. Eso requiere paciencia y precisión. En el jaleo, la pelea, los insultos los populistas florecen, los demagogos se hacen más fuertes y empiezan a proliferar y los moderados son aplastados.
El paso por el poder de Donald Trump debería habernos dotado de mejores instrumentos para resistir el embate antiliberal. Que está en curso, que no sólo está ocurriendo en Estados Unidos y que tiene la muy dudosa virtud de estar siendo ejecutado por políticos de izquierda y de derecha, pero todos ellos populistas. La pugna política más profunda que se libra hoy en Occidente no está entre derechas e izquierdas, es entre los que se adscriben y respetan los principios liberales contra los iliberales, que quieren desnaturalizar las democracias desde dentro, desde el poder y las instituciones. Seguro que les suena, porque esta tensión nos acompaña desde hace dos o tres décadas.
El problema populista es global, está por todo el mundo. Está en izquierdas y en derecha. Trump no es el único en su especie. Proliferan por todo el mundo occidental y, en democracias, surgen candidatos, partidos y ciudadanos que manifiestan su admiración a Putin, al modelo chino, al chavismo y a cualquier autócrata que aparezca. No buscan resolver ningún problema, porque ellos medran en el descontento. Perpetúan los problemas y, como no hacen otra cosa que acumular reclamaciones de todo tipo, acaban concluyendo que el sistema es el enemigo y que todo debe ser recreado.
Hoy Trump es el presidente saliente. En unos días ni siquiera eso. Pero siempre será el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Biden se encuentra con un país más débil que ayer. La “Ciudad en la cima” ya no brilla, hasta Venezuela e Irán se han permitido enviar cínicos comunicados manifestando una preocupación por el deterioro de la democracia en Estados Unidos.
Creíamos que después de 2020 iba a ser difícil sorprendernos. Y llegó el 6 de enero, y vimos a un individuo lanza en ristre, bandera estadounidense, pecho descubierto y tocado de cuernos de bisonte.
El texto fue publicado el día 11 de enero de 2021 en el diario El Espectador con el título: “Fuego, furia y miedo: el final de la presidencia de Trump”
miércoles, enero 06, 2021
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