La rara carrera a la presidencia de los Estados Unidos de 2020
¡Qué campaña electoral más rara esta de 2020! Una campaña electoral a la altura de los tiempos que corren.
Campaña rara porque es una campaña que involucra a Trump y el presidente no es un político al estilo tradicional. Rara porque los dos candidatos son septuagenarios y es imposible no plantearse dudas sobre su salud y longevidad. Quizá lo menos raro de todo es la agitación social-racial que ha experimentado Estados Unidos en los últimos meses, porque este tipo de incidentes se repiten con cierta periodicidad, y ese puede ser el problema, porque lo que no se resuelve se enquista y cronifica.
En fin, campaña rara, porque Joe Biden tampoco es precisamente el candidato más ordenado posible, simplemente es el único candidato viable de los demócratas. Viable, no ante los votantes, sino ante sus propias bases porque, posiblemente, fuese el único que podrían aceptar los partidarios de Sanders, que hace cuatro años dieron la espalda a Clinton, y un candidato, algo populista pero aceptable para el resto del partido. Rara por la muerte de la juez del Tribunal Supremo, Ruth Bader Ginsburg en plena carrera electoral. Rara, sobre todo, por el efecto del coronavirus. Y rara porque van a ser unas elecciones sin debate entre los dos candidatos.
El no-debate
Sin embargo, alguno me dirá que el 30 de septiembre en Cleveland Joe Biden y Donald Trump mantuvieron un debate en Cleveland. Pero es que eso no fue un debate, fue un show de ruido y furia sin sentido. Aquello fue simplemente pésima televisión. Y, como, cuando escribo estas líneas Trump ha rechazado participar en el segundo debate con Biden, aduce que al ser virtual es irrelevante, repito, puede que como última de las rarezas de esta campaña electoral no hayamos asistido a algo homologable a un debate entre los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Ese amago de debate supone un mal indicador, porque los dos candidatos no tienen ni siquiera que fingir educación y formalidad. Así de deteriorada parece la civilidad. Ese posiblemente el más grave virus que sufren muchas sociedades en occidente.
Esa desalentadora presentación, como decía, sería una rareza más dentro de un contexto inesperado en un año extraño, pero, dos días después del pseudodebate, el presidente Trump anunció que él y la Primera Dama habían dado positivo por coronavirus. El presidente en ejercicio con setenta y cuatro años y en medio de la campaña para la reelección anuncia positivo por coronavirus. ¿Ven como era inevitable plantearse la cuestión de la edad y la salud de los candidatos? Lo cierto es que tras unos días ingresado en el hospital Trump ha retomado su actividad en la Casa Blanca y parece reestablecido.
El debate que si fue: Pence y Harris
Así que en este inusual escenario electoral a los candidatos a vicepresidente, Mike Pence y Kamala Harris, les ha tocado un doble e ingrato papel. Primero, el de ser la garantía de continuidad institucional en caso de muerte del presidente con el que podrían llegar a servir y, en segundo, mostrarse ante los estadounidenses como los adultos responsables que sus jefes no son.
Ese papel fue el que representaron el pasado día siete de octubre. Harris y Pence lograron mantener un debate, el que Biden y Trump no pudieron. Para no repetir el jaleo, ambos políticos estuvieron profesionales y muy fríos. Durante algunas fases, lejos de confrontar, se evitaron. No fue un buen debate, pero al menos se pudo seguir sin sentir vergüenza ajena y eso fue mejoría. Se trató de un debate para asegurar a los estadounidenses que sus gerontócratas, a pesar de los muchos motivos que han dado para preocupar, van a estar tutelados y que Harris y Pence serán “los adultos en la habitación”. Más allá de eso, nada hubo para convencer a los indecisos, a estas alturas de la singular campaña de 2020, las palabras de Pence y Harris se dirigieron a reafirmar y movilizar a sus simpatizantes.
Pero sí hubo algunos temas en los que hubo forcejeo entre el vicepresidente Pence y la senadora Harris. Por supuesto, el COVID-19 y la errática actitud de Trump ante la pandemia, que ha causado 210.000 muertos en Estados Unidos y deja efectos económicos severos. La economía, en la que Trump y Pence pensaban apoyarse para ganar su reelección, ahora arroja cifras de desempleo sin precedentes y ha obligado a cerrar una de cada cinco empresas. Hablar del coronavirus afectaba especialmente al vicepresidente Pence, porque a su cargo ha estado el grupo de trabajo del ejecutivo para seguimiento y control del “virus chino”, como gusta decir Trump.
La relación con China, la viabilidad del sistema de salud implantado bajo Obama y su posible sustitución por un “Trumpcare” y las tensiones raciales también se trataron sin sorpresa. Nadie se saltó el guion.
El Tribunal Supremo
Uno de los puntos más interesantes del debate Pence – Harris y, en general, de todo este proceso electoral y que puede tener más impacto a largo plazo es el de la nominación de la juez Amy Coney Barrett para ocupar el puesto dejado por Ruth Bader Ginsburg en el Tribunal Supremo. Sin detenerme en las consideraciones sobre el procedimiento, pero que muestran la enconada división política, hay que decir que Trump puede pasar a al historia como uno de los presidentes más efectivos a la hora de confirmar jueces para el Supremo. Ya ha logrado sentar a dos, los jueces Gorsuch y Kavannaugh, en la más alta instancia del poder judicial, y puede situar a Barrett. Esos tres nombramientos crearían una mayoría clara de los conservadores en el Tribunal. Y, los presidentes cambian, senadores y congresistas se enfrentan a reelecciones periódicas, pero los nombramientos para el Supremo son vitalicios. Y esa institución es la encargada por revisar las leyes, comprobar su constitucionalidad y, de hecho, ejercer de contrapeso a los poderes ejecutivo y legislativo. Aunque el día 4 de noviembre Trump fuese derrotado, una legislatura le habría bastado para dejar un legado muy relevante a través de los nombramientos judiciales.
¿Hay más sorpresas?
Tras lo que ocurrió hace cuatro años entre Clinton y Trump, ni siquiera en un año normal, me atrevería a decir que el candidato con ventaja en las encuestas, en este momento Biden, ganará. Ahora, si quisiera predecir algo más incierto en la resolución de estas elecciones, ahora plantearía la posibilidad de que el perdedor no aceptase el resultado de las urnas, alegando que no ha sido justo, que el coronavirus ha perturbado las votaciones y de los recuentos de votos. Podría decirlo, pero no sería original. Desde la campaña de Trump ya se ha dejado caer esa idea, haciendo flotar la posibilidad de impugnación del resultado. Y eso sí que sería en escenario definitivo de la incertidumbre, una versión más intensa y desconcertante de las elecciones del año 2000, Bush vs Gore y el reconteo de votos en Florida. El resultado de las elecciones sujetas a pleitos de abogados. No es más aterrador que lo que llevamos vivido en 2020, pero sería una mala guinda para concluir la campaña más rara celebrada en el año más raro. Por ahora.
Este texto fue publicado por el diario El Espectador el 12 de octubre de 2020 con el mismo título


