miércoles, diciembre 18, 2019

El marketing político fue arte

Si alguien cree que el marketing político -¿existe una traducción aceptable al español?- es algo reciente o nuevo es que no ha estado prestando atención a los últimos ¿siglos? de la Historia. Porque, desde que hay civilizaciones, el poder, tomase la forma que tomase en cada momento, se ha esforzado, y mucho, en transmitir su visión del mundo a todo aquel que estuviese mirando. Claro, el tiempo ha cambiado los medios y los mensajes que comunican a gobernantes y gobernados, pero siempre los ha habido. El arte ha sido el gran medio de comunicación del poder (político) en el pasado.

Si alguien tiene alguna duda sobre lo anterior no tiene más que ver el documental Pintores y reyes del Prado (Valeria Parisi, 2019) que desde su título establece el nexo entre lienzos y tronos. El documental es un paseo por las salas de la pinacoteca, sin otro turista que el actor británico Jeremy Irons, en conmemoración de los doscientos años del Prado (cumplidos el 19 de noviembre de 2019). No es mala manera de acercarse a ver a Tiziano, Velázquez, Goya y los otros gigantes allí escondidos. 

En ese paseo uno comprende que una buena parte del poder de los reyes y emperadores que fueron deriva de cómo les representaron, los mejores artistas posibles, con todos los símbolos de autoridad y mando. 

Hoy semejante forma de representación política sería un disparate. El poder (quien lo detenta y quienes aspiran a él) ya no es distante y su fuerza no radica en su misterio y en sus símbolos, sino en ser cotidiano, cercano y omnipresente. Hasta el más despistado de los ciudadanos de una país conoce a un puñado de políticos, porque desayuna, almuerza y come con ellos. Están en nuestros televisores, computadores y celulares. Los políticos lejos de presentar sus emblemas y distintivos, se esfuerzan por aparecer distendidos, informales. Humanos. Los poderosos del pasado se mostraban de modos que realzaban y exageraban sus capacidades. Parecían dioses y semidioses. Los poderosos de hoy reducen el boato, hasta ocultarlo, haciéndose ver como uno más entre los ciudadanos y así parecen menos poderosos. 

Bien está si eso sirve para que el representante no se sienta ajeno a su representado. Para que recuerde a quien sirve. Mal está si la omnipresencia de los políticos es una forma de control, alienación y distracción. Cada vez los políticos aparecen más, pero dicen menos cosas de interés, porque lo importante es estar y aparecer mucho en los medios de comunicación y en las redes sociales. El poder hoy nos habla en twitter, pero no parece decir gran cosa ¿no? 

Miguel M. Benito

Historiador e Internacionalista

@mbenlaz

Publicado en el diario colombiano El Espectador el 18 de diciembre de 2019: https://www.elespectador.com/noticias/el-mundo/el-marketing-politico-fue-arte-articulo-896498 


miércoles, diciembre 04, 2019

¿Selma o el Joker para Colombia?

De los relatos de ficción cualquier audiencia curiosa puede sacar alguna útil lección. Es el “enseñar deleitando” o el “deleitar aleccionando” del que hablaban los clásicos. Nuestro acelerados tiempos permiten un acceso a ingentes cantidades de ficción con los que divertir y, quizá, dar a conocer algo interesante.  

Supongo que en el torrente de ficciones culturales disponibles, nadie del gobierno del presidente Duque hizo cuenta de las películas Selma (Ava DuVernay, 2014) y Joker (Todd Phillips, 2019), de las que algunas buenas lecciones hubieran podido sacar sobre cómo actuar ante formas de protesta legítimas y legales. 

El film Selma sigue a Martin Luther King y el grupo de activistas que en 1965 marcharon entre las localidades de Selma y Montgomery para exigir que se hiciese efectivo el derecho al voto de la población afroamericana de Alabama. El gobernador de ese estado, George Wallace, en el bando de la segregación, identificó la marcha como un riesgo de orden público. La conclusión fue una violenta carga de la policía local contra los manifestantes y lo que se conoce en Estados Unidos como Domingo Sangriento.

La vía represiva no había dado respuesta a nada y se había usado para coartar de facto los derechos que existían de iure. Así, los  tribunales y el gobierno del presidente Lyndon Johnson tuvieron que intervenir, tanto para garantizar la celebración de nuevas marchas, amparadas por la ley y con seguridad para los participantes, como para que finalmente se aprobase la Ley de Derecho al Voto de 1965. Al final el gobernador Wallace fracasó totalmente. Ni evitó las marchas ni evitó que los afroamericanos pudiesen votar. Ese es su sitio en la Historia. 

Si en el entorno del presidente Duque se conociese o la película o, mejor, el hecho histórico al que ésta se refiere, hubieran comprendido que ante una expresión de descontento que es justa, legítima y que usa vías legales lo mejor es apoyarla y lo peor reprimirla violentamente y, de no apoyarla, como mínimo garantizar los derechos a la protesta y manifestación. 

Porque cuando la posibilidad de manifestación pública con los medios que el sistema democrático ofrece se angosta y se identifica como peligroso se arroja a los descontentos en la dirección de los que prefieren llevar la protesta a las vías de hecho. Ese deterioro de la protesta hacía la violencia es algo que aparece diluido y de fondo en la reciente película Joker

Lo peor, al final, no es que el gobierno Duque no tenga aficionados al cine, sino que tampoco hay interés por comprender la reciente historia de Colombia. Porque esto, ya se ha visto antes. 

Texto publicado en el diario colombiano El Espectador el 4 dic. 2019: https://www.elespectador.com/noticias/el-mundo/selma-o-el-joker-para-colombia/