martes, marzo 15, 2022

UNA LECCIÓN DE TEORÍA POLÍTICA (algo que llega desde La Ribera y su comarca y desde hace mucho tiempo)

Hace muchos años, tantos que no recuerdo exactamente la fecha exacta y que creo debió ser en algún momento de 2003 o 2004, me publicaron estas líneas en La Ribera y su comarca

Algo que tenía muy olvidado, pero que con la invasión Rusia de Ucrania ha recobrado cierta vigencia. Por el "No a la guerra" y algunas otras cosas. Y porque ha reaparecido la canción "Ojú" del grupo Las Niñas* (puedo verlo en este enlace). 




                                         


Y, bueno, en algunas cosas hoy me corregiría a mi mismo en unas cuantas cosas, pero, sorprendentemente, no tantas como yo creía.

En fin, perdonen los pecados de juventud y aquí les dejo lo que escribí hace cerca de veinte años. Ojú

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En España los últimos meses han sido de gran intensidad política. La guerra de Iraq y lo que ha provocado, las elecciones municipales y autonómicas, la crisis de la Asamblea de Madrid, la sucesión de Aznar... El debate izquierdas y derechas se ha reabierto con dureza. Los periodistas, analistas, politólogos y todos los que tienen  inquietudes políticas han reflexionado sobre las propuestas de cada lado. Pues, para comprender que proponen los partidos de izquierda, no hay nada mejor que escuchar las canciones de Las Niñas.

Las Niñas es un trío femenino andaluz que canta “hip-hop”**. Son conocidas por su primera canción “Ojú”, en la cual hablan de la guerra de Iraq, Gescartera, la L.O.U. y algunas otras cosas de actualidad. La postura expresada en la canción es, indefectiblemente, contraria a la que sostenida por el gobierno. Además, el contenido de la canción es fácilmente identificable con las posturas de los partidos políticos de izquierda. De hecho, creo que puedo decir que sus argumentos son paradigmáticos de la izquierda política-artística patria. El terceto saltó a la prensa cuando, sus componentes, sus representantes, su discográfica o Dios sabe quién, dijeron que “Ojú” había sido censurada en RTVE en el Festival de Benidorm***. El periódico “El País” se hizo eco de semejante atropello contra la libertad ciudadana. En el programa de televisión “Lo + Plus” de la cadena Canal +, Las Niñas fueron entrevistadas y cantaron la canción prohibida. O sea, que de nuevo la libertad de expresión había sido salvada. Sólo un pero: Las Niñas esa misma semana aparecieron en otro programa de La Primera de RTVE cantando la censurada tonada, que lo vi yo con estos ojitos que se han de comer la tierra. Como en los premios GOYA, la larga mano del gobierno refrenaba a los artistas críticos ¡¡EMITIÉNDOLOS!! Con pruebas tan contundentes, por fuerza, hay que estar de acuerdo con Aitana Sánchez Gijón que denunció la censura gubernamental en el Festival de Berlín. Al mismo tiempo, hay que reconocer que es un extraño estilo de censura caracterizado por una asombrosa ineficacia pero...  

Todo se remansó, el disco del grupo se ha vendido bastante, la canción se ha emitido en las cadenas de radio y el vídeo-clip se ha programado repetidamente. 

Bueno, pues, volviendo al asunto, si alguien se toma la molestia de analizar las letras de la mentada “Ojú” y “El mundo a mis pies” encuentra opiniones casi programáticas de IU y PSOE resumidas y comprimidas. No me creen, pues pasen y vean...

“Ojú” empieza con un bonito “El Bush mosqueao’/ y el otro escondio’”. Por las fechas “el otro” debía ser Osama Ben Laden, aunque a estas alturas podría ser Sadam Hussein, que tanto monta... O sea, lo importante es que Bush esté cabreado con “el otro” y lo normal es huir que el “yankee” tiene un pronto muy malo; el porqué del mosqueo no interesa. “El otro” es un terrorista  sanguinario, asesino confeso de más de 3.000 personas pero, cuidado, que Bush está cabreado...eso si que debe preocupar al mundo. El 12/9/2001 “El País” se preguntaba cómo reaccionaría el presidente de los Estados Unidos y titulaba algo así como: El mundo preocupado por las represalias de EE.UU. No importan las causas ni los culpables, ni las víctimas, importa lo que haga EE.UU. para capturar al terrorista saudí (se sobreentiende que sin ayuda, no vaya a ser que nos metamos en un lío); el “unilateralismo” americano es temible, pero parece que podemos vivir con el terrorismo integrista islámico. Lo del unilateralismo seguro que les suena haberlo oído en boca de Zapatero o Llamazares ¿no?

Sigamos: 

“(...) el triunfo manejao’/

por los hilos del mercao’/ 

que aquí nadie disse na’/ 

que han vendido todo el pescao’ (...)”. 

A las claras Las Niñas nos dicen que el mercado no es un buen sistema para establecer el equilibrio oferta-demanda. Como declaración anticapitalista no está mal; digna del Partido Comunista de los mejores tiempos. El argumento de invalidez del mercado parece ser que está intervenido, manejado, no se sabe por quien. En eso estoy de acuerdo, algunos mercados están intervenidos por los gobiernos de una manera excesiva e injusta para los contribuyentes. Uno de los sectores “participados” por el gobierno es el de la cultura. Si no hay subvención, los artistas españoles son incapaces de realizar casi cualquier proyecto. No se fían del criterio del público. También es cierto que nadie dice nada, de hecho, no he oído ni una sola declaración de Las Niñas denunciando el considerable éxito de su disco. ¿No estarán ellas con los que manejan el cotarro? Pero si son tan combativas ¿por qué las apoyan? Raro ¿no?

Otra bonita perla de la misma canción: “Ni L.O.U. ni ley y más flamenco bueno”. Están contra la L.O.U., como todos los que se manifestaron hace ya un tiempo. ¿Recuerdan? Sindicatos, IU, PSOE y asociaciones estudiantes fueron los organizadores de las manifestaciones. Lo que más me sorprende es que también están contra la ley; así, en general, es decir, que están contra el Estado de Derecho, ni más ni menos. Como los anarquistas, ni más ni menos. Ah, con lo del flamenco podría llegar a estar de acuerdo si me gustase pero en el fondo me da igual.

Pero la declaración más taxativa es, como no podía ser de otra forma, el estribillo: 

“Tiempos extraños, tiempos raros/ 

pa’ la peña en este planeta./ 

Seguiremos luchando por nuestros hijos/ 

pa’ que puedan chupar de la teta”. 

¿En eso queda todo? ¿En “chupar de la teta”? No hay que realizar grandes esfuerzos ni nada de nada, hay que pillar el dinero del Estado (ingenuamente olvidan que “hacienda/Estado somos todos”, y por tanto ellas y quienes piensan como ellas no hacen más que pagarse a sí mismos a través de un intermediario que, invariablemente, encarece la operación) vía subvención, quiniela, subsidio o lo que sea. El mínimo esfuerzo manda. ¿Eso es ser de izquierdas? Durante mucho tiempo yo creía que no pero la realidad a veces parece empeñada en apearte de lo que crees. ¿Acaso no ha sido sino la pugna entre facciones y banderías de la Federación Socialista Madrileña por el reparto de prebendas y del presupuesto lo que ha causado la crisis de la Comunidad Autónoma de Madrid? Pues eso, que hay que luchar por llevárselo crudo y no por otras causas.

Como pueden ver estas Niñas han recogido y sistematizado el pensamiento de gran parte de la progresía española como ningún politólogo o analista. De hecho, creo que Zapatero o Llamazares deberían recurrir a ellas para la elaboración de sus programas y discursos. Así, por lo menos, serían más breves y pegadizos. ¿Se imaginan tarareando un programa político? No, pues tiempo al tiempo, o ¿no han visto hace poco a Rafael Simancas recitando el estribillo de la última de Alejandro Sanz?** 

Para concluir como dicen en “El mundo a mis pies” (canción que se refiere al mercado laboral en términos parecidos a los que utilizarían Fidalgo y Méndez): “Niñas, somos Las Niñas/ y si no te gusta lo que hacemos te metemos una piña”, conmigo o contra mí como ya se vio con los asaltos a más de 200 sedes del PP durante la “crisis de Iraq” y que es como habitualmente se “expresa” la izquierda abertzale vasca. Kale borroka lo llaman.

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* ¿Qué ha sido de Las Niñas? En el #237 de El Secreto de la Birra con Ricardo Moya, la respuesta.

** Las cantantes definen su estilo como R&B en andaluz. Sea. Aceptemos pulpo.

*** En este punto posiblemente mi opinión si ha cambiado y, sí, no tiene ninguna defensa lo de exigir que no canten una determinada canción. Y punto.  

**** Esta es alguna referencia a la coyuntura política de la época que no recuerdo y que he sido incapaz de encontrar. Y ya lo siento. Lo curioso es que Rafael Simancas sigue ahí. Quién lo iba a decir.  

domingo, septiembre 12, 2021

Panorama: Así está el mundo 20 años después del atentado del 11 de septiembre (El Espectador, 12 de septiembre de 2021)

El 11/S de 2001 ha terminado

Hay momentos que duran una eternidad. Que duran mucho más de lo que duran. Que se hacen recuerdo perpetuo y, por tanto, son momentos constantemente presentes y actuales. Hasta que dejan de serlo. Hay imágenes que se convierten en un paisaje mental indeleble. Fotos fijas que se instalan en nuestras cabezas y con frecuencia reaparecen. Y hay momentos en los que nuestras historias se chocan con la Historia y generan ese recuerdo singular que impregna un hecho de sentimiento. Así, la aspiración de análisis, como actividad racional, se liga con las emociones ante lo vivido. Todo eso pasó con el 11 de septiembre de 2001.

La larga duración del acontecimiento
El 11/S fue un instante. Y a la vez, una eternidad. Una jornada llena de momentos inacabables. Un bucle de estampas breves y aplastantes, que para la mayoría de nosotros ha sido una sucesión de imágenes con el logo de alguna cadena de televisión. 

Televisiones que mostraron la humareda que brotaba de la Torre Norte del World Trade Center. El desconcierto. Conexiones en directo. Y a los veinte minutos quedó claro que no había sido un accidente. El segundo avión, el 175 de United Airlines, embistió contra la Torre Sur. El shock. El presidente Bush en un acto en una escuela recibía la noticia de que se estaba produciendo un ataque. Una escena diseñada para mostrar un presidente bonachón rodeado de colegiales, a los que lee un cuento, se convirtió en una metáfora salvaje y cruel. Somos como niños indefensos y el único que sabe lo que pasa es el adulto en la habitación, que nos lee un cuento mientras trata de aparentar que no pasa nada. 

Treinta minutos y más humo en nuestras pantallas. Pero no salía de Nueva York ni de ningún rascacielos, sino del Pentágono contra el que otro avión acababa de embestir. Y las imágenes volvían a Nueva York donde algunas siluetas que saltaban desde las Torres. Sin esperanza. El tiempo seguía avanzando, congelado, y tras otros veinte minutos, la Torre Sur del World Trade Center se desplomó. En un abrir y cerrar de ojos. 

Un nuevo avión cayó; los restos del vuelo United 93 estaban diseminados en mitad de un campo de Pensilvania. Los pasajeros y personal de cabina posiblemente salvaron el Capitolio, que había sido evacuado unos minutos antes. Y a las 10:28 am la Torre Norte colapsó y desapareció. Habían pasado dos horas y dieciséis minutos desde que el Vuelo 11 de American Airlines, el que impactó en la Torre Norte, había sido secuestrado. Y, aunque al día aún le quedaban horas por delante, el 11 de septiembre de 2001 había terminado. Todo había pasado en la pantalla. Sólo quedaba volver a ver. Una y otra vez. Y el mundo se familiarizó con los nombres de Osama Bin Laden, Al Qaeda. Y todos miramos hacia Afganistán.

Esas dos horas y dieciséis minutos inauguraron el siglo XXI. Esas dos horas y dieciséis minutos fueron el primero de los varios traumas que este siglo va acumulando. Esas dos horas y dieciséis minutos han durado, prácticamente, veinte años como el gran recuerdo de nuestro tiempo. Porque la pandemia del COVID 19 o la crisis financiera de 2008 no se pueden quedar en nuestro cerebro del mismo modo. El 11/S fue un acontecimiento que se desarrolló durante dos horas y dieciséis minutos, pero que acaba de terminar. Lo ha hecho casi a tiempo de su aniversario, el treinta de agosto de 2021, con la retirada definitiva de las tropas estadounidenses de Kabul, con esas imágenes tan a lo Saigón en abril de 1975. Y ha terminado con los talibán gobernando Afganistán. Veinte años que no han sido nada. Dos horas y dieciséis minutos que lo han sido todo. 

El 11/S: Guerra sin victoria
Algunos dicen que el 11/S es el día que lo cambió todo. Lo identifican como el momento transformador. La catarsis de la que se surge cambiado y con determinación. Pero aquel día no fue el de la catarsis, fue el del trauma y lejos de determinación ha sido una fuete de desconfianza en todo y en todos. Occidente se ha retraído. Desde el 11/S ha ido minando la confianza en si misma y en la Razón, hasta que confianza sólo parece posible dentro de tribus e identidades perfectamente homogéneas.   

Contra el miedo mostrar fuerza y no dudar. Así que la primera reacción fue contraatacar. Usar el instrumento más poderosos y contundente conocido: las fuerzas armadas. Los yihadistas organizados en Al Qaeda, y en otro montón de grupos, y los talibán, auspiciadores de Bin Laden y los suyos y gobernantes de Afganistán, el objetivo. Y del 11/S nació una guerra, la Guerra Global contra el Terrorismo. 

Desde entonces ha habido atentados yihadistas en Madrid, Londres, Bombay, Irak, Siria, París, Abuya, Barcelona, etc. Porque la seguridad absoluta no existe y los terroristas necesitan muy poco para atacar, en realidad, sólo la oportunidad. Y en esa lucha las victorias no son vistosas y no se logran en una batalla decisiva. Se logran a lo largo de años. Y, así, la de Afganistán, la que ha sido la guerra más larga de la historia estadounidense, ha terminado sin victoria militar. Los talibán, como se fueron, han vuelto. Y, como el terrorismo yihadista no ha desaparecido, esa lucha seguirá. Pero ya no movilizará ejércitos. Seguirá, como las cosas que no son, sin que sea vista mas que por un operador de dron o por el visor nocturno de un comando en una zona del mundo en la que  nadie reconoce una autoridad estatal consolidada.  

11/S: La desconfianza general
Con la continuidad de los atentados por todo el mundo, la sensación de miedo no cesó. Se prolongó e integró en un discurso general de recelo.
 
En el ámbito internacional, el recelo y desconfianza han sido el trampolín para que se diseminen “nuevos viejos nacionalismos”, opuestos a la Globalización, y denuncias contra el multilateralismo,  en los que algunos quieren ver un marco de dominación de los poderosos y contra los pueblos y las naciones soberanas. Algunos en sus delirios han llegado decir que los yihaidstas son los libertadores y cabeza de la lucha contra la modernización obligatoria que sería la Globalización, cuando no han sido ni son otra cosa, sino asesinos. 

Y, poco a poco, la comunidad internacional y sus instituciones han sido desafiadas por los que quieren cambiar el orden, potencias y actores internacionales revisionistas que aspiran a desatarse del derecho internacional y moverse sólo por su poder e interés, para volver a jugar a la política de grandes potencias. Y cada crisis global, sea financiera o sanitaria, ha sido un nuevo desafío para ese orden internacional en repliegue, que se retira de Afganistán, mostrando fisuras cada vez mayores. Porque la marea del iliberalismo crece fuera, porque crece en casa.  

11/S: la erosión de los principios democráticos occidentales
Desde el 11/S, en los ámbitos internos, ha habido un creciente número de ciudadanos que ha empezado a desconfiar de la eficacia y las motivaciones de sus propios Estados. 

Desde muy pronto, arraigaron algunas teorías de la conspiración respecto al 11/S. La idea de autoatentado para contentar al complejo militar-industrial, la de gran estratagema sionista para llevar al ejército estadounidense a Medio Oriente y destruir a los enemigos de Israel. Y tantas otras. A cual más descabellada y enfermiza. El irracionalismo se fue haciendo un hueco y hoy se expresa en boca de terraplanistas y antivacunas.   

Pero los Estados también desconfiado de los ciudadanos. Los gobiernos prometieron seguridad, pero la seguridad tiene un precio: el control, porque el terrorista puede ser cualquiera. La tensión seguridad/libertad se ha desequilibrado a favor de la primera y, aunque queramos pensar que se trata de algo pasajero, necesario para superar el desafío, es inevitable dudar.

La vigilancia se ha centrado en el desarrollo de software de reconocimiento biométrico y en intercepción de las comunicaciones, porque hoy, más que nunca, la información salta de pantalla en pantalla. 

11/S: cuando todo esta en una pantalla
El 11/S tal vez fue el canto del cisne de las cadenas de televisión. Ver lo que pasaba en directo, en shock y sin palabras, acrecentó la necesidad de ver inmediatamente y de verlo todo. Hoy el mundo sin internet, incipiente en 2001, es inconcebible. Hay más pantallas, más imágenes, más inmediatez, menos contextos, menos comprensión de lo que vemos y, por tanto, de lo que pasa. 

Y es que, desde el 11/S de 2001 han pasado muchas cosas y, a la vez, sólo ha pasado una cosa: el propio 11/S. Sin catarsis, sin victoria y con democracias más desconfiadas amanece el 12 de septiembre de 2021; el día después del 11 de septiembre de 2001.

Publicado el día 12 de septiembre de 2021 en El Espectador en este enlace: 

lunes, agosto 30, 2021

Monsergas recomendadas: Kabul edition (30 de agosto de 2021)



Muchas palabras sobre Afganistán. Aquí apenas unas pocas de cosas que leer de los cientos de textos de estos días. 

Como escribía un poco más arriba, estas lecturas (y otras muchas que no he tenido tiempo de ver, porque fluyen de manera incesante en estos días, mientras Afganistán sea el centro de las noticias) dan contexto y explican la situación actual, pero para integrarlo en un marco explicativo más sólido, los libros y ensayos concretos siguen siendo fundamentales. Aquí dejo una miscelánea (traída a vuela pluma de cosas que actualmente están cerca de mi mesa de trabajo), muy diversa, que puede servir para complementar y ampliar las reflexiones coyunturales: 

  • Stephen Tanner (2002), Afghanistan. A military history From Alexander The Great To The Fall Of The Taliban, Cambridge: Da Capo Press, 351 páginas (ISBN 0-306-81233-9)
  • Bruce Hoffman (2009), A Counterterrorism Strategy for the Obama Administration, Terrorism and Political Violence, 21:3, 357-377
  • Pilar Pozo Serrano (2013), La guerra Af-Pakistán y el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, Pamplona: EUNSA, 315 páginas
  • Eduardo González Calleja (2013), Las guerras civiles. Perspectiva de análisis desde las ciencias sociales, Madrid: Libros de la Catarata, 207 páginas 
  • Ahmed Rashid (2014), Los talibán. Islam, petróleo y fundamentalismo en el Asia Central, Barcelona: Península, 384 páginas. (ISBN: 9788499423050)
  • Craig Whiteside (2016), The Islamic State and the Return of Revolutionary Warfare, Small Wars & Insurgencies, 27:5, 743-776.
  • Jacqueline L. Hazelton, The "hearts and minds" falacy. Violence. coercion, and success in counterinsurgency warfare, International Security, vol. 42, no. 1, páginas 80-113.  
  • John Dower (2018), El violento siglo americano. Guerras e intervenciones desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona: Crítica, 193 págs.
  • José Luis Pontijas Claderón (2019), ¿Está Estados Unidos abandonando Europa?, Documento de Análisis, Instituto Español de Estudios Estratégicos (ieee.es), 13 páginas.  
  • José Luis Pontijas Calderón (2020), Nueva administración ¿Nueva política exterior para EE.UU.?, Documento de Análisis, Instituto Español De Estudios Estratégicos (ieee.es), 11 páginas.  
  • Francisco Javier Quiñones de la Iglesia (2020), Targeted Killing (TK): casos Yamamoto y Soleimani, un estudio comparativo, Documento de Opinión, Instituto Español de Estudios Estratégicos (ieee.es), 14 páginas.   

viernes, agosto 27, 2021

Entrevista en La Hora de la Verdad (Colombia) sobre la retirada de Estados Unidos de Afganistán (27 de agosto de 2021)

 Aquí la entrevista que me han realizado el 27 de agosto de 2021 en La Hora de la Verdad (programa de radio de Colombia) sobre la situación de Afganistán y la retirada de Estados Unidos.  


domingo, agosto 22, 2021

Estados Unidos en Afganistán, un final inevitable (El Espectador, 22 de agosto de 2021)

Estados Unidos en Afganistán, un final inevitable (El Espectador, 22 de agosto de 2021)

Los talibán han tomado el control de Kabul. Esta frase valía en 1996 y vuelve a valer ahora. Han pasado veinticinco años y muchas cosas. Escribo delante de varias pantallas, que me lanzan imágenes de Afganistán. De hace más de treinta años. De hace más de una década. De ahora mismo. Las imágenes se mezclan entre ellas y con algunos recuerdos. 


Recuerdos de hace un cuarto de siglo

Hacia el final de la década de los noventa, los pocos que hablaban de estas cosas, que aún eran pocos, se preguntaban quiénes eran los talibán. Aún no se había publicado el libro de Ahmed Rashid, que ha sido una referencia inevitable desde el 2001, y, en ausencia de un mejor conocimiento, se decía que eran extremistas, islamistas radicales y gentes que lucharon contra los soviéticos poco tiempo antes. La palabra yihadismo empezó a hacerse importante. 




Algunos se preguntaban qué debía hacer la comunidad internacional con un régimen que no trataba a las mujeres como seres humanos plenos. Las respuestas eran condescendientes. No había que preocuparse por ese vestigio arcaico en el tiempo de la extrema modernidad. Los afganos verían en sus televisores las imágenes de la prosperidad universal del nuevo mundo y, sin más, se sumarían a la Globalización. Era inevitable. Los años noventa del siglo XX se enjaularon en La trampa del optimismo de la que habla Ramón González Ferriz en un reciente libro. Los optimistas creyeron que la comunidad internacional era y podía. Y su trampa fue pensar en la inevitabilidad; si algo iba a pasar ¿por qué preocuparse en hacerlo pasar? 

Pero el colapso talibán, aunque en teoría inevitable, no llegó. Y la comunidad internacional observó con consternación la destrucción de los Budas gigantes de Bamiyán, casi causando más protestas que las violaciones diarias de los derechos humanos, especialmente crueles con las afganas. El feminismo no era entonces lo que es hoy, aunque resulta paradójico encontrar entre algunos de actuales adalides, casi promotores de una suerte de “intervencionismo feminista” contra el regreso de los talibán, a gentes que hace años pensaban Afganistán como la molesta piedra en el zapato del capitalismo y de la homogeneización cultural globalizadora. Una anécdota. Salvo si eras afgano, claro. ¿O no?


Recuerdos del 11/S y de una guerra justa contra el yihadismo

Pues no. Los recuerdos se hacen más claros al llegar a 2001, porque muchos tenemos en la cabeza esta pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando las Torres Gemelas se desplomaron? 



La globalización había llegado a los talibán, pero no los había desmovilizado. Habían acogido a Osama Bin Laden, el líder de Al-Qaeda. La globalización para el régimen talibán fue apoyar a una red terrorista, con el resultado de que lo que se planificaba en Kabul se creaba escombros en Nueva York. El mundo interconectado e interdependiente no empujaba a Afganistán al progreso, más bien Afganistán funcionaba como un agujero negro de la modernidad global. 

El Consejo de Seguridad de la ONU autorizó la intervención militar. Estados Unidos contaba con una coalición inacabable de aliados. El mundo entero contra los talibán y Al Qaeda. La victoria era inevitable. Aunque a algunos les vinieron a la cabeza las historias de las catástrofes imperiales británicas y de la derrota soviética en la llamada tumba de los imperios; otros soñaron que la invasión encendería una yihad global contra occidente.

No hubo yihad global. Ni hubo un gran fiasco militar de la OTAN y Estados Unidos. Los talibán y sus aliados de Al Qaeda quedaron arrinconados en los confines del país. Pero el presidente Bush olvidó el 11/S. De nuevo, por la ilusión de lo inevitable. Era cuestión de tiempo que los talibán y Al Qaeda desapareciesen y que Bin Laden fuera capturado o abatido. Era el momento americano. Era el momento de rehacer Oriente Medio. Los recursos militares y económicos fluyeron desde Afganistán hacia Irak. La unanimidad en apoyo de Estados Unidos se evaporó. Aquel nuevo frente en la guerra contra el terrorismo empezó con la derrota en la ONU. Afganistán desapareció de nuestra mirada. Y volvió a ser ese oscuro rincón donde lo que se ha creído inevitable nunca pasa. 


Recuerdos de guerras en Washington, D.C. y una foto

Recuerdo de carteles electorales. Barack Obama era el hombre del momento. Candidato que hablaba de dos guerras: una buena, la que se libraba Afganistán y que no iba bien, y otra, mala, la de Irak que, tras el envío de más tropas, parecía estabilizarse. 

Obama dejó de ser candidato y fue presidente y Joe Biden, su vicepresidente. Y en la Casa Blanca empezó a parecerles que la de Afganistán, tal vez fuese la guerra buena, pero era tan costosa e impopular como la mala. Solicitaron planes de reducción gradual de la presencia militar estadounidense y de retirada. Abandonar la contrainsurgencia y centrarse en el contraterrorismo. 

Obama quería una guerra distinta, pero se encontró con la resistencia en casa. Para hacer la guerra que Obama quería, primero debía ganar la batalla de Washington, D.C., y doblegar al Pentágono, cuyos máximos responsables creían que la estabilización de Afganistán pasaba por enviar más soldados y más dinero durante más tiempo. Las guerras de Obama, como el título del libro de Bob Woodward, eran las que tenía que librar ante un grupo de veteranos en política exterior que desconfiaba de la determinación del nuevo e inexperto presidente. Obama acabó ganando la pelea en Washington, D.C. con un arma inesperada: la revista Rolling Stone, en la que se publicó un reportaje, General a la fuga; instrumento muy útil para ir prescindiendo de todos aquellos que le hicieron parecer ante la prensa como un líder débil. Victoria a base de destituciones y renuncias. 

Y Obama pudo rehacer la política afgana y obtener lo que buscaba: una fecha de retirada. Antes, habría que enviar más tropas, que bajo mando de David Petraeus tendrían un par de años para mejorar las condiciones de seguridad del país. Al mismo tiempo que se aumentaban las operaciones con drones y con grupos de operaciones especiales. Una de esas operaciones dio muerte a Bin Laden en Pakistán. Y pareció que la política afgana de la Casa Blanca podía funcionar. A pesar del presidente Karzai y aceptando cierto equilibrio inestable con los talibán. En los meses siguientes a la muerte de Bin Laden, Robert Gates reconoció que se habían establecido conversaciones con los talibán para diseñar un proceso de reconciliación afgana. La salida estadounidense de Afganistán pasaba de ser un deseo a un proyecto, que requería a los talibán como interlocutor.  




El mundo giró. Y Obama nunca pudo concluir la retirada, aunque si pudo declarar el fin de la guerra en 2014. Trump heredó de Obama algo que no era una guerra y un proceso negociador con los talibán. Y, por extraño que parezca, siguió con el plan. De nuevo, como Obama, el establishment militar discrepaba con el Despacho Oval y planteaba que una nueva revisión de la estrategia para Afganistán. Pero Trump quería dejar Medio Oriente, así que, de nuevo, como Obama, procedió a despedir a un Consejero de Seguridad Nacional tras otro, y encargó al Secretario de Estado, Mike Pompeo, que avanzase la negociación con los talibán. No escarmentado con el fiasco de la cumbre de 2018 con Kim Jong-Un, el gran aporte de Trump fue una foto; la de Mike Pompeo en Doha iniciando conversaciones de paz con los talibán en 2020. La administración Trump había sido diligente en la ejecución del plan heredado, aunque abandonando el proceso de reconciliación nacional para convertirlo en una entrega del poder a los talibán. ¿A estas alturas le quedaba alguna la autoridad del gobierno afgano?




Recuerdos de hoy

Y el presidente Biden ha concluido con la presencia estadounidense en Afganistán. En el fondo, ejecuta el plan por el que abogó cuando fue vicepresidente ¿A qué se fue a Afganistán? Ya no importa. Desde hace tiempo para Washington, D. C. lo importante retirarse, no lograr algo. El proyecto de Estado afgano ha desaparecido. Sus instituciones, incluidas las fuerzas armadas, se han venido abajo. Los talibán se encuentran de vuelta en Kabul antes de lo previsto. De paso reciben el equipamiento que los Estados Unidos entregó al nuevo ejército afgano. No ha habido grandes derrotas, pero la aventura afgana es una gran derrota. Por cierto, Al Qaeda sigue existiendo. 

En una de las pantallas que hay frente a mi una periodista pregunta a un grupo de talibán si su próximo gobierno garantizará los derechos democráticos de todos los afganos y un trato igualitario para las mujeres. Empiezan a reírse. Tengo la sensación de que el futuro se parece mucho al pasado. Me parece inevitable. Y lo siento.  


Miguel M. Benito Lázaro

Historiador – Internacionalista

@mbenlaz


Este texto fue publicado el 22 de agosto de 2021 en el diario El Espectador: https://www.elespectador.com/mundo/mas-paises/estados-unidos-en-afganistan-un-final-inevitable/  


martes, agosto 17, 2021

La actualidad manda #1: Películas sobre la presencia de Estados Unidos en Afganistán y sobre los talibán

La actualidad manda y en agosto de 2021 las noticias se llenan de imágenes de Kabul y del caos ante el avance de los talibán y las retiradas estadounidense y de la OTAN de territorio afgano.

@Gentleman_Yo recomienda una serie de películas sobre la presencia estadounidense en Afganistán y sobre los talibán. No se trata de volverse expertos en geopolítica y analizar el colapso de Kabul, sino de aprovechar algunos films, de diversos estilos y géneros, para fomentar la curiosidad sobre estos acontecimientos por medio de miradas diferentes.

En este episodio suenan los temas Murderer In the Rain de Christoph Burghardt, Metal del álbum Singularity de Adrián Berenguer y, de este mismo compositor, una selección de temas de su álbum The Journey.                   

domingo, agosto 15, 2021

INICIATIVA BOND #10: La Espía Que Me Amó (1977)

Antes del estreno de No Time To Die, la Iniciativa Bond #IniciativaBond repasa las 26 películas de James Bond a lo largo de 26 programas diferentes y vuelve Pinkerton Podcast (@PinkertonPod) con la décima película de James Bond, La Espía Que Me Amó (Lewis Gilbert, 1977, 125 min.), pero no estamos solos, porque nos acompaña Manu de El Triskelion (@el_triskelion), compañero y buen aficionado a la mitología Bond.

Sean Connery ya no es James Bond y es el tiempo de Roger Moore. Más parodia, tramas más comiqueras, algún toque camp y, quizá, incluso kistch definen su etapa con el personaje.

En La Espía Que Me Amó 007 está obligado a colaborar con la agente soviética Triple XXX, Anya Amasova (Barbara Bach) contra el villano Stromberg (Curd Jürgens).